China es uno de los países más grandes y poblados del mundo. En ese territorio nació una civilización asombrosa, cuyos orígenes se pierden al paso de los milenios. No obstante, siempre ha conservado la continuidad cultural que todavía hoy la distingue.
De la cosmovisión del pueblo chino se desprendieron sus creencias y símbolos, reflejados en el taoísmo y el confucianismo. Las ideas del mundo divino y natural, la vida y la muerte, la veneración a los ancestros, entre otras múltiples concepciones, han sido fuente de inspiración e inagotable creatividad.
Hace 5,000 años, esa ideología conformó la base de lo que los chinos aún consideran su máximo signo de civilización: la escritura. También fue fundamento para el desarrollo de inventos y avances tecnológicos, plasmados en artes tradicionales como la pintura, la poesía, la caligrafía, la escultura, la música y la danza. El bronce, la seda y la porcelana, entre otros, fueron materia prima para su extraordinario impulso creativo, mismo que motivó a los chinos a recorrer el mundo y transmitir su legado cultural.
Solo unas gotas de ese inagotable caudal se han vertido en este espacio. Los invitamos a explorarlo a través de los objetos, mudos testigos de la continuidad y vigencia de las creencias milenarias del pueblo chino.
La porcelana. Perfección técnica y estética
A diferencia de Occidente, en China, el término “porcelana” refiere no sólo a los objetos de cerámica blanca translucida y muy delgada, sino a todas las piezas elaborados con caolín (arcilla blanca refractaria cuyo nombre proviene de la montaña Kaolin -Gaoling- donde abunda) y horneadas a más de 1300° C.
En el siglo VII d.C., mil años antes de que la técnica se conociera en Europa, en China ya se producían y perfeccionaban vasijas de porcelana. Con sus innovadoras técnicas de impresión, grabado, incisión y dibujo; a partir del siglo XIV los artesanos crearon una amplia gama de formas, estilos y motivos, algunos inspirados en los antiguos recipientes de bronce o en modelos occidentales y otros más novedosos. En este material incluso se lograron realizar imágenes de pinturas y caligrafías con la misma calidad obtenida en la seda o papel.
La mayoría de las piezas, destinadas tanto a la corte imperial como al mercado doméstico y al exterior, provenían de los hornos imperiales en Jingdezhen, donde los ceramistas trabajaban bajo la supervisión gubernamental con las mayores exigencias de perfección técnica, otorgando igual valor a la habilidad manual y a la estética.