Anatolia es una penillanura rodeada al sur por su costa más suave, la mediterránea, con llanuras aluviales. Al oeste por la accidentada costa egea, con predominio de los acantilados y comunicada con la meseta interior a través de una serie de valles. Al norte, la costa del Mar Negro es abrupta, montañosa y boscosa. El límite oriental lo marcan las montañas que se unen al Cáucaso. En cuanto a la penillanura central, es semiárida, aunque tiene algunos lagos con cuencas fértiles que hoy son depósitos de agua salobre. La mitad norte de Anatolia la recorre el Kızılırmak, o Río Rojo, del suroeste al norte, a la costa del Mar Negro. En el sureste de la meseta destaca la fértil llanura de Konya, con sus minas de oro.
Como consecuencia de esta diversidad geográfica, la cultura de los pueblos que la han habitado a lo largo de la historia ha sido también rica y variada. Las piezas que observarás en esta sala son el fruto de las distintas formas de vida de estos pueblos.
A través de la exposición se puede seguir el curso de la historia en Anatolia, desde sus inicios hasta el final del Imperio otomano, ya empezado el siglo pasado. Conoceremos a los pueblos que fundaron las primeras aldeas, recogieron las primeras cosechas y que, dando forma a la piedra, la arcilla y el metal, dejaron su impronta en varias culturas del mundo, la última de las cuales da nombre al país que actualmente se corresponde con la península de Anatolia; Turquía (en turco, Türkiye).
Jinete selyúcida
Cuando, en el verano del 1071, los ejércitos turco y bizantino se enfrentaron en Manzikert, en el este de Anatolia, el imperio -heredero directo del Romano- había dejado atrás sus años de hegemonía. Reducido a Anatolia y los Balcanes, en su frontera oriental era hostigado por los turcos, quienes se habían convertido al islam apenas un siglo antes a orillas del Syr Darya (el río que Alejandro Magno había conocido como Yaxartes), en Asia Central.
Se trataban entonces de un pueblo nómada, que había iniciado su marcha al oeste desde la región del Altai. Su líder, Selyuk, dio nombre a la dinastía que menos de un siglo después se enfrentaba a los bizantinos en Manzikert, o Mancicerta, como se conocía en los reinos hispanos de entonces a la batalla que habría de marcar el inicio de la “turquificación” e islamización de Anatolia. Al menos eso supuso a posteriori, ya que el enfrentamiento ha quedado convertido en un mito para el pueblo turco, que lo recuerda en poemas y hasta sellos conmemorativos. Pero aquella tarde de agosto de 1071, nada parecía anunciarlo. El piso temblaba bajo el galope de los catafractos, comandados por el emperador en persona, cuando se lanzaron contra los jinetes turcos. Los catafractos eran una de las armas más temidas del ejército bizantino. Blindados en pesadas armaduras, tanto el jinete como el caballo, su carga había sembrado el terror por todo el Mediterráneo durante varios siglos. Los turcos, muy ligeramente armados, rompieron la formación y emprendieron la huida, siendo perseguidos por los catafractos. Mientras tanto, la retaguardia bizantina y gran parte de los mercenarios abandonaron al emperador retirándose del campo de batalla.
Al caer la noche, los jinetes selyúcidas se voltearon contra sus perseguidores, y revelaron su estrategia. Los pesados catafractos, agotados por la persecución, veían como los hábiles corceles de los turcos recobraban el brío y los rodeaban, descargando sobre ellos una lluvia de flechas. El historiador bizantino Miguel Ataliates describió así la escena que él mismo presenció:
“Después de esto, a muchos miembros de la caballería imperial que regresaban con sus caballos se les preguntó qué había sucedido y respondieron que no habían visto al emperador. Y había tal conmoción, lamento, dolor, miedo y desconfianza en el aire y, finalmente, los turcos nos rodearon por todos lados. Luego cada uno confió su salvación a la huida con tanto ímpetu, prisa o fuerza como tenía. Entonces el enemigo los persiguió, matando a algunos, tomando cautivos a otros y pisoteando a otros”.
El líder turco, aunque con nombre árabe musulmán, era conocido por sus hombres por su nombre turco Alp Arslan, que significa algo así como “león valeroso”. Y éstos, junto a advocaciones a Dios, como la que trae en el brazo nuestra figura, seguían también confiando en las antiguas tradiciones turcas, representadas en la cabeza de lobo de la empuñadura del sable, antepasado mítico de su pueblo. Alp Arslan negoció entonces los términos de la rendición con el emperador bizantino, a quien trató con un respeto y una caballerosidad que no encontraría a su regreso a Constantinopla, donde una conspiración por el trono lo cegó y exilió a un monasterio en una isla frente a Constantinopla, donde moriría poco después.
*Cáucaso: Cordillera y región que la rodea ubicada entre Europa y Asia.
*Salobre: Que contiene sal de manera natural.